Pataleta.-

Siempre me ha gustado el diagnóstico de la patología humana por ecografía. Saludo al paciente (o a ella o sus padres), investigo con tres o cuatro preguntas rápidas y me aventuro en su anatomía por planos en todas las inclinaciones con mi transductor bien sujeto a mi mano derecha, imaginando si el quiste hepático se localiza en el segmento VII u VIII o si la adenopatía cervical reactiva se halla en el territorio IIA o III ganglionar. Y alegremente, con simpleza y un par de anécdotas sonrientes con intención de relajar el ambiente, finalizo la consulta médica.

Para llegar a practicar esta técnica con agilidad y diferenciar lo normal (y sus variantes) de la enfermedad llevo miles de horas de vuelo (e idénticas de estudio en soledad) sobre bases físicas, tecnología, fisiología, anatomía, neoplasias, enfermedades infecciosas o inflamatorias y traumatismos varios. Lo mismo me ocurre con otros métodos de diagnóstico por imagen como la Resonancia Magnética Nuclear, la Tomografía Computarizada, la Radiología Simple, la Tomografía por Emisión de Positrones, la mamografía, el telemando digital, etc. Además gran parte del tiempo libre de mi existencia lo he invertido en la lectura sistemática de las actualizaciones en este o aquel padecimiento y de revisiones clínicas realizadas por los grandes eruditos en las materias de moda, así como en la preparación de sesiones con casos originales para enseñar a los residentes de diferentes años y a otros compañeros, que también se han dedicado en su vida a lo mismo que yo.

Todo esto lo cuento porque sí, para explicar que me considero una inculta descomunal en Historia, en Economía, en Literatura, en Arte, en Política, en Música, en casi todo, incluso en lo mío. “Sólo sé que no sé nada”. De este modo, cuanto más mundo conoce un ser humano más cuenta se da de todo lo que desconoce, porque resulta imposible convertirse en una buena radióloga (que no una radióloga buena) y al mismo tiempo una gran lectora de novelas o visitadora de museos o iglesias y monasterios. Pero no necesito que me lo recuerden a diario para sentirme frustrada, ya que bien podría yo quejarme de que uno de mis pacientes, ingeniero agrónomo, no entienda a la primera lo que es exactamente un síndrome de Mirizzi antes de que lo valoren en urgencias, otro, profesor de Matemáticas jubilado, en qué consiste que su arteria vertebral derecha muestre un flujo “tardus” y “parvus” en el doppler color y la estudiante de Filosofía se agobie cuando le comunico el tamaño de su fibroadenoma mamario izquierdo.

Es evidente que he leído poquísimo a los clásicos, que tan sólo he acudido dos veces al Real para disfrutar de una ópera, otras dos a un partido de fútbol del Madrid y dos más a una corrida de toros. Eso sí, me he pateado los pueblos y ciudades de la península ibérica y Europa desde que tengo uso de razón. Y también puedo presumir de conocer los límites del espacio parafaríngeo, las estructuras nerviosas y vasculares localizadas en el seno cavernoso, el homúnculo de Penfield (feísimo, por cierto), la agenesia del cuerpo calloso, un parto distócico, la “facies de luna llena” corticoidea, la enfermedad de Cadasil,  la de Peyronie, la epiloia o Bourneville, la de Von Recklinhausen, la de Kugelberg-Welander, lo que es un Chilaiditi, un secuestro herniario, el Bosniak III y dónde se localizan los pilares posteriores del fórnix o las apófisis clinoideas anteriores del esfenoides. 

En resumen, a estas alturas de mi existencia no tengo claro si sólo soy inculta o también imbécil.







Comentarios

Entradas populares