La pandemia y el conocimiento.-

El polifacético SARS-CoV-2 ha dado un vuelco a la sociedad mundial sin parangón desde la llamada “gripe española”, que, por cierto, a pesar del nombre, no nació en nuestro país. La vida de todos se ha visto afectada de alguna manera produciendo un cambio en el devenir cotidiano, ya sea en forma de reclusión, de muerte, de dolor, de rebeldía, de enfado, de pasotismo, de lucha, de creación, de limpieza, de miedo, de tristeza, de reto profesional o, como ocurre en mi caso, un poco de todo, porque desgraciadamente para mí ha habido de todo.

Los médicos y el sector sanitario en conjunto nos hemos tenido que adaptar física y psicológicamente a cientos de normas impuestas por nuestro gobierno que han afectado de alguna manera la calidad de vida de todos, pero especialmente la nuestra. ¿Soy un héroe porque debo trabajar sin el material adecuado para proteger mi integridad física o soy un tonto?. Esta fué la primera pregunta que se planteó una radióloga que escribe al comienzo de lo que ya se ha convertido en un gran conflicto político-social, nunca enfocado como lo que era, un grave problema de higiene (en el sentido etimológico de la palabra) sobre el que había que tomar decisiones rápidas con consecuencias de gran trascendencia para la salud poblacional.

La clase política sólo ha obtenido un dos sobre diez en este examen de idoneidad, y los médicos, a mi entender, en contra de la opinión de los medios de comunicación, un diez en improvisación pero un aprobado ramplón en diagnóstico y prevención de riesgos. Incapaces de enfrentarnos con una intendencia que ha convertido el infantilismo y la chabacanería en su estandarte y con miedo a incumplir las normas de nuestro código deontológico, nos hemos dejado arrastrar por la incompetencia de muchos de nuestros supuestos mandatarios para desempeñar la labor asistencial chapuceramente, repleta a diario de errores groseros y sin protocolos iniciales de actuación, que fueron elaborándose por nosotros mismos y nuestros grupos de trabajo con el paso de los días. Por no hablar de la mediocridad demostrada por los llamados gestores sanitarios, que en lugar de coordinar y utilizar con adecuación los recursos de que disponían, físicos, humanos y económicos, se dedicaron a dar palos de ciego, cual principiantes, poniendo de manifiesto una inmadurez desmesurada y ejerciendo un maltrato inmerecido sobre un grupo humano ya sufriente a cada instante en su quehacer cotidiano, al que hace décadas que no se respeta desde la jerarquía administrativa y que, incluso en momentos históricos de gran problemática social, ha demostrado siempre responsabilidad y bien hacer. 

Traducción para estúpidos como yo: Supongamos que los avatares políticos nos conducen a un conflicto bélico de gran envergadura y los militares se deben dedicar a hacer la guerra. ¿Cómo actúan?, ¿por su cuenta?, ¿se llevan la navaja suiza de bolsillo de su propiedad para pelear contra francotiradores o piedras como arma arrojadiza?, ¿se comunican a voces?, ¿acuden al pase de revista con modelitos de diseño, zapatos de tacón y tableta de su propiedad?, ¿como máscaras antigás utilizan gafas de bucear del Todo a Cien?, ¿se presentan en el centro neurálgico de la batalla todos juntos cada mañana a la misma hora para convertirse en el punto de mira del enemigo?, ¿pasean como Hansel y Gretel por Madrid dejando unas miguitas de pan para orientarse en el camino de regreso?. 
Y a pesar de todo nos organizamos bien, colaboramos, y funcionamos en grupos independientes, como pequeñas aldeas galas peleando contra los romanos. No creía yo que España tenía una democracia tan adolescente como para perderse en demagogia y malos hábitos. Hoy por aquí sí, por allá no, aquí usted puede ir a la peluquería y allí no está permitido ponerse al cuello un pañuelito de Ferragamo porque con ello se incita a la violencia callejera; como es caro le pueden robar. Y no bese a su hija en público, aunque sean los dos inmunocompetentes de momento, que la envidia le puede colocar en el Tribunal de Menores por menos de un mixto.

El médico se recicla periódicamente de manera global y casi nunca resulta conflictivo. Acepta y entiende la autoridad y suele respetar las decisiones que toman sus superiores, aunque cientos de veces se encuentre en desacuerdo, pero en la actualidad adolece de un mal común: Prefiere cumplir y callar que enfrentarse para discutir, ya que casi nunca es escuchada su opinión, ni tan siquiera cuando se refiere a su propio ámbito o especialidad. Me pregunto si en algún momento las exigencias en capacitación profesional a las que nos vemos sometidos se adecuarán también al mundo de la política. 
Y es que sorprende que para ostentar ciertos cargos públicos no se exijan unos requisitos mínimos en titulación académica, capacidad de arbitraje, idiomas, diplomacia, teoría económica, ética y responsabilidad, igual que nos obligan a todos los pobres mortales trabajadores periódicamente, ya sea como manipuladores de alimentos o ingenieros aeroespaciales. 
¿A qué se deben estas discrepancias entre los que se dedican a representarnos, a aprobar las leyes de obligado cumplimiento, a fiscalizarnos y a administrarnos mientras juegan con nuestro dinero y el resto de la población española?. ¿Acaso han nacido con una florecilla en la región perianal y sus heces huelen a jazmín a diferencia de los restos fecales de los otros seres vivos del planeta?.

De lo vivido podemos concluir que la soberbia es el peor enemigo para cualquier forma de convivencia y que uno debe dejarse asesorar por individuos (ellos y ellas, y así no me pegan las feministas) cualificados en diferentes materias, porque lo ocurrido estos meses, aunque quieran contentarnos con aplausos y medallitas, ha sido un fracaso para todos, puesto que la vida en España, hasta ahora, valía más que las puñeteras estadísticas que he evitado escuchar a diario, o eso creía yo. Espero que les aproveche la cena, digo el despilfarro de horas que han padecido miles de familias en sus casas, pero sobre todo los instantes que han perdido aquéllas que ya nunca disfrutarán de la compañía de sus seres queridos y que ni tan siquiera pudieron despedirse de ellos. Y eso, les guste o no, constituye un delito contra la persona, el más grave de todos, porque, les recuerdo, el artículo 43 de la Constitución Española reconoce el derecho de la salud, incluso para aquellos que nos dedicamos a cuidar de los demás, aunque a ustedes les importe un nabo.

Y concluyo con una frase de Benjamín Franklin repetida hasta la saciedad por mi padre e interpretada por él: “El tiempo es como el dinero. Cuando lo tienes no sirve para nada, y una vez que lo has usado ya no lo tienes”.

Nota: Mi madre me puso en mi lugar una vez más: “Hay que defender lo que uno cree”. Y eso he intentado, aunque decidí tiempo atrás que no me quería significar más. Es que esconder la cabeza bajo el ala no es mi estilo, y yo, es evidente, soy una niña muy mal criada.






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