Sensibilidad.-

La propiocepción asciende por los cordones posteriores de la médula espinal y lleva la información de nuestro cuerpo, de cómo y dónde están nuestros músculos y nuestras articulaciones y termina, después de cruzarse, en el cerebelo. Permite conocer nuestra posición y sirve para lograr el equilibrio.
Esta sensibilidad se pierde fácilmente en las lesiones del aparato locomotor y es lo que más tiempo tarda en recuperarse, a veces años.

El ser humano primero es piel, músculo, grasa, hueso, articulaciones, arterias, venas, nervios, linfáticos, cerebro, cerebelo y médula espinal. Si todo se encuentra en cierta armonia entonces es racional. ¿Pero dónde se halla la armonía de cada uno de nosotros?. En mi experiencia profesional hospitalaria muchas veces me sorprendo con algunas personas, generalmente mayores de sesenta años, y su gran tolerancia al dolor y a la frustración, entrenadas enérgicamente desde pequeñas para prácticamente todo. La sobriedad innata y también la capacidad desbordante para aceptar y encarar con elegancia problemas de cualquier índole no tienen parangón. Suelen ser individuos acostumbrados a observar minuciosamente su entorno con sensibilidad exquisita y dar respuestas rápidas para cambiarlo según su criterio. Por eso requieren ser estudiados de manera diferente, entre líneas, entre tildes, entre párrafos, ya que resulta complicado percibir sus vulnerabilidades y sus momentos de ruptura personal porque su maestría añosa los capacita para modificar el sentido de la realidad y así dar apariencia de calma y estabilidad. 

Entre estos seres peculiares existen algunos, muy pocos, con el don de arrastrar multitudes, y ahí es donde aflora el conflicto. Sus crisis y sus dramas se convierten en crisis y dramas colectivos. Sus actitudes violentas en las de su círculo, sus vicios en los del enjambre. A sabiendas o inconscientemente movilizan masas y esto lleva parejo una enorme responsabilidad social, mucho mayor de lo que incluso ellos mismos pueden imaginar. 

Si están acostumbrados a cuidar de los demás difícilmente van a detenerse en el espejo del cuarto de baño a estudiar su mirada (como hizo Van Gogh en sus cuadros, consciente y sufriente de sus psicosis y sus valles). 
Para conocer mi estado puntual en primera persona puedo hacer dos cosas: Preguntar a mi alrededor y hacer una media de las respuestas o me puedo releer en mis palabras, reescucharme en mis composiciones, reobservarme en mis imágenes y quedarme desconcertada una vez más al descubrirme tan apesadumbrada, tan explícita o tan violenta, porque en aquel instante creativo nunca fui consciente de ello. Continuamos como unos grandes desconocidos para nosotros mismos, así son las cosas. La distorsión de la autoimagen resulta tan frecuente como los caracoles en las noches estivales y húmedas del Norte de España. Sólo hay que fijarse por dónde pisa uno para no romper el caparazón de los pobres moluscos. ¿Por qué se me antojan tan hermosos e interesantes estos bichos y tan feas y repulsivas las babosas?.






Comentarios

Entradas populares