Los Buenos y los Malos.-

Con el transcurrir del tiempo (lento o rápido, según se mire de derecha a izquierda o de izquierda a derecha en el “Delorean”) es comprensible despistarse y confundir en las pelis a los buenos con los malos, a los malos con los indios, a los indios con los lobos y, en los últimos años, a los lobos con los vampiros, que en lugar de parecer siniestros son guapísimos y sonrientes, ellos y ellas. Y esto divierte bastante para un maratón familiar de entretenimiento en gran pantalla reducida estilo “tsantsa” con pizzas de por medio, totalmente recomendable como autoterapia contra la posible depresión por empatía medioambiental, eso sí, en versión original sin subtitular para captar el detalle autóctono, ése de la zapatilla de diseño, el calzoncillo perfecto sobresaliendo ligeramente del pantalón para dejar entrever las letras de la marca pertinente y hacer publicidad sin reparo, y el deportivo de siempre, pero de segunda mano, acelerando para impresionar a la chica en cuestión, aunque al final es acompañada hasta el portal de su casa, porque el Tarzán de turno es transformado en un abrir y cerrar de ojos en James Stewart por un Pepito Grillo parecido al de su infancia, aunque sin Pinocho, algo así como una mezcla entre Madame Butterfly, Mary Poppins y Juanita Calamidad y la madre de uno preparando albóndigas caseras en su recién estrenada cocina de inducción para pegar un collejón espectacular a modo de marcaje territorial: ”¡Antoñita Mari, ven acá pá cá pa tomarte el goyur!. ¡Y deja en paz al tonto lava del primo del vecino!, ¡que parece que has nacido ayer!”. Como hacía mi abuela cuando me llevaba en Semana Santa  por los pueblos zamoranos, que nada más entrar por la puerta ya sabía dónde había estado, con quién, si había bebido zumo de naranja o cerveza y si había dado media calada al cigarrillo de turno. 
Y es que a veces es preferible llamarse Clodomiro que “Kevincosner” de Jesús, porque resulta más auténtico, aunque sea incierto.














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