La Nutria, el Toro, el Mastín y la Aprendiz de Pescadora.-

Recordando la famosa pesca del ‘sabadeo‘ o trachino en Almuñécar (que allí llaman pez araña, bentónico e igual de feo que las coridoras del acuario), nuestra primera captura infantil, no exenta del riesgo propio del animal, tras pasear aquellas gusanas verdes vivas desde la nevera hasta la roca donde un chavalito echaba dos gotas de lejía y salían diez o doce gusanillos blancos infinitamente más eficaces que nuestros feos helmintos, una mañana de Julio de un año reciente me planté con ánimo in crescendo en la marina de Pedreña para gastarme los cuartos (porque tengo la rara habilidad de dejarme siempre las cosas donde no debo) en una pequeña caña de oferta, carrete, hilo, anzuelos, plomos, y algunos aparejos más, con la idea de no hacer el ridículo nada más que en privado, porque por esos lares el que no juega bien al golf suele pescar mejor y el que no pesca bien juega al golf como lo hacía Seve, algún aventurero talludín surfea con los cuerpecitos Danone y una radióloga “matriarca” se calza uno de sus neoprenos 2/3 o 3/4 de higos a brevas (que lo esconden todo y son socorridos para las lúpicas añosas que no deben dorarse playeramente por contraindicación médica) y recibe alguna clase sobre las mareas, la bahía y su peculiar peligrosidad y Goofy e intenta coger olas nadando cual bestia parda para llegar agotada al momento de ponerse de pie en la tablita en cuestión pero con mucha voluntad y sonrisa, que es de lo que se trata.

Pues bien, con mi caña y mi ilusión infantil, un cebo repugnante y la siesta por delante me encamino a donde la famosa nutria. Dejo el coche aparcado en una cuesta con árboles a un lado y un chalet al otro. “Buenas tardes”, es lo suyo, saludar a la señora que está arreglando el seto de su parcela. “Hola, buenas tardes”. Y de repente se me ocurre: “Mire, dejo aquí el coche que no estorba y me voy a pescar sola. Si es usted tan amable, si ve que anochece y el vehículo sigue en el mismo lugar llame a la Guardia Civil para que me busquen”, y me brilla chistosa la mirada, y la señora se alegra de mi medio broma y me responde “¡claro, hija!”. y me encamino siguiendo indicaciones. Y atravieso dos prados con talanqueras, uno de ellos lleno de reses. Y desciendo por un lateral hasta la orilla del río y lo bordeo un rato largo. “Aquí es“

Y no estuvo mal. Uilicé mi caña con cierta torpeza pero transcurrió el tiempo tranquilamente sin sobresaltos. La nutria no se dignó hacer acto de presencia, tampoco pesqué nada ni a nadie, y cuando me cansé recogí para regresar:

Cruzo la primera barrera y al llegar a la segunda los animales están allí y para mí sorpresa se queda mirándome con fijeza un toro de tamaño descomunal con barbas y cuernos kilométricos, una vez que las hembras se marchan asustadas por mi presencia, que no se mueve ni medio milímetro. Así permanezco media hora. Regreso sobre mis pasos para saltar la cerca y andar por el prado vecino y se me echa encima un mastín español leonino preciosísimo ladrando acaloradamente que asusta más aún y tiene casi la misma envergadura. ¡De vuelta al ganado!. Otra media hora sentada a la vera del animalito. Antes de empezar a cantar lo del “toro enamorado de la luna” pienso en mi móvil como solución estupenda para que alguien me venga a buscar... ¡Descargado y sin batería externa!. ¡Estupendo!. Una hora después aquí sigo, sin llorar, con la esperanza de que la buena mujer vea mi coche aparcado a deshora.
Súbitamente el bicho se marcha detrás de una vaca y yo corro que te corro hasta el otro extremo del recinto, para llegar sudorosa y resoplante donde la buena mujer, que sale hasta la puerta y me dice: “¡Criatura, ya me tenías preocupada!”. “Yo también estaba preocupada por mí, oiga”. Y se lo cuento y nos reímos.

Mi madre no estuvo tan contenta con la anécdota en cuestión. Desde entonces, siempre que me marcho de vacaciones comenta con sorna  “me quedo muy tranquila de que puedas ir a pescar donde el toro, muy tranquila”.





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