Cosas de Reyes.-


Los niños, jugando a Peter Pan en el País de Nunca Jamás, se disfrazaron con plumas de urracas que encontraron (la Doña observaba sonriendo para sí), cogieron las cantimploras de las excursiones del cole y marcharon uno tras otro a cruzar el antiguo puente romano de la finca (desoyendo las indicaciones de los padres de todos) que se encontraba totalmente cubierto de musgo y resbalaba. El otro extremo se vislumbraba lejano, como la película, y el recorrido angosto.
Por el camino... Jaras en flor, libélulas y un gazapillo despistado.
De regreso... Sudor, hambre y castigo , porque alguno olvidó guardar el secreto. 

LA HISTORIA DE LA FOTO.- 
Ibamos sólo tres. Cruzamos el Chao Phraya para alcanzar una orilla poco transitada (tan sólo algún elefante) en una especie de barca alargada  con motor ("long tail") a una hora en la que aparentemente no circulaban traficantes o piratas. Cogimos un pequeño todoterreno que era pura chatarra conducido por un hombre corpulento y respiramos polvo naranja durante más de dos horas y media, sin paradas, para visitar una tribu comedora de perros abandonada en medio del país a la que nadie veía nunca por lo incómodo de su situación geográfica. Yo pensaba "¿qué pasa si se pincha una rueda?" y me entraba taquicardia. Hacía mucho calor. Llevábamos botellas de agua y latas de refresco en una nevera portátil. Se detuvo el motor. Observé cuando se limpió la atmósfera. Eran casas de adobe. Las gallinas picoteaban por todas partes y grupos de cerditos negros enanos se paseaban ruidosamente entre ellas. Los niños corrían descalzos y sucios, la mayoría con piojos. Las mujeres se alejaban temerosas con sus hijos atados a la espalda. Los hombres nos miraban desafiantes. Sentí miedo. Paseamos lentamente hasta la escuela, un edificio algo mayor, sobreelevado ligeramente, de construcción algo más robusta. Estaban dando clase de Matemáticas (sumas y restas). Cuarenta o cincuenta criaturas, la mayoría varones. Nikki habló con el profesor, un hombre muy joven, también de rasgos orientales. Detuvo la explicación. Yo entré sonriendo y les fui ofreciendo caramelos de unas bolsas grandes que había comprado por la mañana en un mercado. Cada niño se levantaba, hacía una genuflexión, cogía un único caramelo y daba las gracias juntando las manos en el centro como si fuera a rezar. Yo sonreía de oreja a oreja. Al llegar al último chaval el profesor les hizo ponerse de pie y cantarme una canción polifónica gesticulando, me puse a llorar de la emoción... Al terminar di las gracias juntando mis dedos con idéntico gesto al observado. Salí por la puerta, algunos se vinieron detrás, asombrados con mi ropa, mis pendientes de tres perlas a modo de racimo y mi cámara de video Sony recién comprada, persiguiéndome y tocándome mientras el profesor los regañaba por su atrevimiento. Esa es la foto. La canción está grabada. Fué, con gran diferencia, lo más emocionante que he visto y escuchado en ninguno de mis viajes. Lo recuerdo todo nítidamente. Al llegar de vuelta al hotel toda yo era naranja, hasta mi ropa interior. Estaba agotada y feliz, me dolían mucho la espalda y las caderas... Cinco horas de conducción peligrosa por terrenos repletos de polvo y piedras y dos lanchas en aguas dudosas para que me cantaran una única canción. Recuerdo aguantar sin orinar para no desnudarme en aquel lugar. Peculiar sí que soy, como casi todas las mujeres que conozco. Ese mundo habrá desaparecido ya, supongo. Confío en que dispongan de zapatos y las cabezas se encuentren limpias de parásitos.







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