Sensismo o Sexismo.-

Nací el mismo día que Alberto Lista, aunque él unos años antes y en Sevilla. En absoluto romántico y además sacerdote, a veces incluso sensista, rebelde, adelantado y gran desconocido. “Tres cosas hay que examinar en el lenguaje: Sus elementos, su construcción y su prosodia”. Recuerdo a mi padre mosquearse comentando aquel día en que cambiaron el nombre de su calle, no porque tuviera nada en contra de Ortega, al contrario, sino porque a un cura con ideas comunistas alguien tremendamente inculto lo había denostado con impunidad sólo por el hecho de que opinaba que había que empezar por estudiar a los clásicos y porque había elegido el hábito como ropa de andar por casa. Y así, en veinte segundos, con un desconocimiento total y absoluto de la realidad mundana, el prejuicio y la idea preconcebida pasean del brazo de nuevo como signo inequívoco del devenir de los tiempos.
Y es que en ocasiones las cosas y las personas no son lo que parecen, sino sólo el reflejo de aquello que el resto de los mortales piensa sobre ellos.

Cuando en una entrevista para trabajar en Gran Bretaña me pidieron que hablase de Ramón y Cajal aquel puesto estaba dado de antemano y me observaron las piernas y la postura con benevolencia, como si en España los médicos nos dedicáramos al cultivo de la berza. “Me vuelvo a mi casa”, pensé. “La cuna de la democracia ni acuna ni democratiza”. Eso sí, con tacones, moñete y traje de chaqueta se impresiona mucho, y si se habla de la primera motoneurona y de sus sinapsis más todavía.

Aguanté unas diez interlocuciones similares los quince días siguientes y tras visitar el Cuttysark (antes de que se quemara, precioso, por cierto), observar las cabezas de los ciervos de Greenwich Village a treinta pasos, la marca del meridiano y tomarme un té con tarta de manzana en un comedor supercursilón de faldillas ideales color rosa palo y flores estampadas en azul, me cogí mi trenecito precioso de cristal de los “Docks” para volver a mi colegio mayor de High Street Kensington, con mis “monjitas”. Y ya en el metro de la “Circle line” un caballero de la “city”, bien ‘plantao’, todo elegante con su chaleco, su cartera de piel y su relojito de bolsillo pretendió invitarme a un café (monilla que iba la menda a la entrevista, tapadita con esmero por Margarita Nuez, regalo de mi madre y abrigo que antes fue suyo) y yo, que me acordaba del comentario jocoso familiar de que estos individuos no suelen llevar calzoncillos (o solían) pensé para mis adentros “¡un café sin ropa interior masculina!, ¡ni loca!”. El caso es que después me arrepentí. La fidelidad es lo que tiene, que te atocina con armonía. ¡Estos colegios clásicos tan repletos de prejuicios!. ¡Ay, Señor, Señor!. ¡Dónde vamos a llegar!.






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