El Císter y Zamora

He desayunado tres tostadas de pan de hogaza con queso emmental de La Meule, la última con dulce de membrillo “light” y después tres cafés, y, ¡bueno!, nada que ver con el jamón ibérico, pero el que había hoy en la nevera no resultaba santo de mi devoción. Y tras desenredar por enésima vez los nudos al gato, que mi hija bautizó motu proprio como Dante, la triga ha decidido que revisara los santos del día en internet como pasatiempo (que resulta mucho más entretenido que las esquelas del periódico, como hacía mi abuelo Cándido). Y para nombres bonitos los de siempre: San Ambrosio, San Agatón, San Antenodoro (sirio, de cuando Diocleciano), San Teodoro, San Juan el silencioso (o hesicasta, que es lo mismo, y armenio), Santa Fara, San Eutiquiano (que además de mártir fue papa), San Sabino (otro obispo), y, por supuesto, San Martín (el abad) y todo ello lo he realizado con eficiencia descomunal, no sé si eficacia, aunque como sólo son sustantivos claramente diferenciados en el mundo de la gestión económica me resbala ligeramente (podría utilizar otro verbo más vulgar, pero no me parece pertinente, porque así mi apariencia cultivada adopta el estilo nato elegante de siempre y pierde el asilvestramiento parasitario de mi vida laboral grupal, escasa en recursos lingüísticos y abundante en chascarrillos y atropellos, por denominarlo de alguna manera). Y como el abad fue cisterciense y zamorano al final todo se queda en alguna casa familiar, y al pan pan y al vino vino, gestionando por procesos con Unidad de Actividad real y Unidad Relativa de Valor la estipulada.
Y San Agatón nació en Sicilia, pero Burgundófara se metió monja y era francesa, aunque de tonta ni un pelo y con buena vista, incluso heredera y posteriormente abadesa de Evoriacum, y dado que el queso me gusta me quedo más que encantada. 
Por último, este San Ambrosio milanés y obispo tuvo una hermana Marcelina, con lo que al final la naranja y El Escorial se parecen en casi todo, y los cítricos dulces a mí no me parecen nada apetecibles, y además San Lorenzo puede ser muchas cosas, pero el adjetivo dulce no lo califica, aunque su escolanía canta como los propios ángeles. Y sin haberlo planeado he terminado en el mismo lugar donde empecé, en el Sacre Coeur, abriendo bien los ojos.






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