“Señorito, déjeme que le lea la mano”

He de reconocer que de El Retiro, mamado a diario desde mi tierna infancia, siempre me gustaron tres cosas: Jugar con las castañas, montar en las barcas y observar a las mujeres gitanas con sus ramitas de romero. Las castañas y el volquete amarillo formaban un tándem entretenido, las barcas y los chicos de la SaFa también, pero lo del romero resultaba peliculero... Un gesto de milésima de segundo y el japonés de turno estaba colocado entre dos morenas pechugonas de ojos pardos que le vendían su propia alma por cien pesetas, media dosis de atemporalidad racial, mientras la otra media le birlaba la cartera, el señor del banco de al lado (que parecía leer el Marca) había contado ya los billetes y el hijo pequeño de una de ellas la había depositado ágilmente en la papelera de la esquina. Un trabajo elaborado graciosamente de principio a fin, rematado con un estruendoso “¡niño!, deja de hacer el tonto que es hora de merendar!” (Léase con soniquete de payo despistado) y del canalillo una de ellas se sacaba un trozo de pan con chocolate, y allí no había pasado nada. La “querida España, esta España mía, esta España nuestra”, que no se despertaba de “su santa siesta” ni con “versos de poeta” ni “persiguiendo la gloria” ni con los “perjúmenes de mujer” se sentaba al sol tranquilamente al ritmito cantarín del “mocita, dame un clavel”. Sí, un episodio más de lo que mi hermano suele denominar Momentos Costumbristas Chiripitifláuticos.








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